Aficionados ido salvaje abuela
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Hace días que deambulamos sin sentido por toda la ciudad. Hemos visitado las escuelas de Boston y sus alrededores sin éxito. A decir verdad, tu prima podría habernos dado alguna pista para ir sobre seguro. Allyn Evans era una mujer menuda de aspecto dulce, una suerte de abuelita inofensiva, aunque sus ojos celestes y vivaces eran pícaros por momentos.

De nuevo las damas la contemplaron azoradas. Me contaron que aquí las mujeres luchan por el derecho a trabajar con el mismo sueldo que los hombres. Prefiero enseñar, pero si hay otro puesto aceptable para mí, lo tomaré. No hago gastos innecesarios, me arreglaré con poco. Allyn ahogó una sonrisa, la Templeton casi se atraganta con el resto de un bizcocho, y Rose contrajo los dedos en la taza de porcelana con fuerza suficiente para romperla.

El instituto para sordos introducía la técnica de la lectura de los labios, defendida por Horace Mann. Le pareció una buena señal que se dirigieran a una escuela para niños afectados por problemas que les impedían asistir a escuelas comunes, y que hubiera sido fundada y atendida por la familia Mann. El carruaje que las llevó hacia la calle de Allston las dejó frente a una casa de grandes arcadas de piedra, ventanas alineadas y techos puntiagudos.

Las condujeron, con la amabilidad que ya era proverbial en la ciudad, a un recinto que hacía las veces de secretaría y biblioteca, con paredes cubiertas por vitrinas, pupitres y escritorios. Ethel Cleveland asistía a la directora del instituto, Sarah Fuller, cuando ésta se hallaba ocupada como en aquel momento. Escuchó con suma atención las explicaciones de las damas y miró una sola vez a Livia mientras lo hacía.

Sus ojos claros, escudados tras unas gafas de delicado montaje, parecían horadar el significado de las palabras mismas. Al finalizar la señora Templeton su consabido alegato en favor de aquella maestra sudamericana, Ethel juntó las manos huesudas bajo su mentón y guardó silencio unos instantes.

Podía escucharse el péndulo del reloj de la pared en aquel silencio ensordecedor. La anciana señora Allyn miró con satisfacción a Livia y le pellizcó la mano con picardía. Su familia vive en Concord, y a pesar de que nuestra institución es una escuela de día, han decidido dejarla en pupilaje durante la semana, debido a que los caminos suelen empeorar durante los meses de otoño con las lluvias.

Hay otros alumnos y todos exigen mucha dedicación. Asumo que la señorita no ha enseñado antes a niños especiales. Livia recordó a sus compañeros de la escuela de la laguna. Todos podían calificarse de especiales por alguna razón.

El pequeño Mario, por ejemplo, había sido un niño enfermizo que no hablaba casi, y ella tenía muy presente la firmeza y la dulzura con que Misely procuraba suplir sus constantes ausencias con clases reforzadas.

Livia se maravillaba de la limpieza y el orden que reinaban en cada rincón de la escuela. Un lugar así era ideal para aprender y enseñar. Se detuvieron en un salón de techos abovedados. Sillas dispuestas en semicírculo acogían a dos o tres alumnos cubiertos con un guardapolvo gris. Frente a ellos tres mujeres, una de ellas una niña que a Livia le pareció muy bonita, con sus bucles castaños sujetos por una cinta, un vestido rosa con puntillas, y una expresión dulce en el rostro.

Era llamativa la atención que prestaba a la mujer esbelta, con cuello de cisne, que llevaba prendido un camafeo y sus rizos recogidos en la coronilla. Aunque su rostro carecía del atractivo de las otras dos, una expresión amable lo suavizaba. Ethel hizo una seña para advertirles que no irrumpiesen en el cuarto hasta que fuera el momento propicio.

Livia aprovechó para observar. La niña tocaba con sus deditos los labios de la dama de negro ante la expectación de la mujer cisne, que inclinaba su cabeza para no perder detalle de la lección. A continuación, la dama obligó a la niña a tocar una muñeca que sentó en una silla vacía, lo que provocó sonrisas en la jovencita. Después, tomó varios cartones con letras en relieve e indicó a la mujer cisne que los pusiese sobre la muñeca.

Hecho esto, incitó a la niña a apoyar las palmas sobre los papeles y ella sonrió de nuevo. Ethel se adueñó de la situación. En tanto informaba a la directora de la escuela, Livia se dedicó a contemplar a la niña. Al verla de cerca, notó que el ojo izquierdo sobresalía un poco, lo que arruinaba la armonía del rostro, y también pudo apreciar que la mujer cisne era corta de vista y recurría a unas gafas que llevaba en el bolsillo de su falda.

Sarah Fuller saludó con simpatía a Livia y a las otras señoras, y les explicó lo que acababan de ver. Sin su paciencia, estos logros no habrían sido posibles. Una condición indispensable para abordar estos desafíos, señorita Cañumil. Lo importante aquí es que puedan comunicarse con el mundo, salir de su aislamiento.

Sarah Fuller les contó en un aparte que Helen no había nacido así, sino que sufrió altas fiebres cuando tenía sólo dieciocho meses, y que al remitir la enfermedad quedaron esas secuelas. Helen se tornó irascible y violenta al verse aislada, y si no hubiera sido por la firmeza de Anne, sería hoy un caso de rebeldía imposible de dominar. La niña es dulce y blanda, y ha nacido ciega y sorda. Nada sabe del mundo, ni sus colores ni sus sonidos. Y su padre no ha juzgado necesario traerla hasta ahora, lo que me parece reprobable.

Se ha perdido mucho tiempo. Es cierto que el señor Robinson sufrió un terrible trauma cuando murió su esposa, sin embargo…. Tiene una hermana menor, vivaracha y muy mimada por el padre. Sospecho que la mayor ha sido un problema para todos y que no han sabido tratarla. Livia sintió inmediata simpatía por Cecilia Robinson, así como antipatía por el padre desconsiderado que puso en primer lugar su propio dolor antes que el de su hija. De seguro el señor Robinson sería un aristócrata desalmado que se avergonzaba de su primogénita.

Al no poder presumir de ella, la abandonaba a su suerte hasta que ya no podía manejarla, y entonces la depositaba en el instituto para sordos. Era alta, delgada, y el cabello del color del trigo suelto sobre la espalda.

En su rostro, que conservaba la redondez de la infancia, dos preciosos ojos azules que no miraban a nadie, pero que tampoco revelaban la ceguera. Cecilia podía pasar por una jovencita soñadora que se distraía con facilidad. Venga, se la presentaré. Partieron, y la niña quedó en la habitación que no veía, con gente de la que ignoraba su presencia o sus intenciones.

Sólo el toque leve sobre el hombro le indicó que no estaba sola. Al dejarla allí, Livia sintió que la abandonaban por segunda vez. Aquel contacto leve la estremeció. Su piel se había vuelto tan sensible que podía predecir los cambios del aire a su alrededor.

El toque no era de nadie conocido. Añoraba las manitos pegajosas de Samanta y las de fuerte olor de la nana cuando la arropaba. Ellas se habían ido. Su mente era una tormenta desatada. El zumbido que se acrecentaba cuando se ponía nerviosa la colmaba entera. Se tapó los oídos como si pudiera acallar lo que la turbaba. La asistente la empujó con suavidad hacia su cuarto, donde pronto alguien se ocuparía de ella.

Cecilia se frotó las manos de nuevo, buscando el rastro de ese contacto que le había sacudido el alma. Boston era una ciudad de elegantes calles arboladas y antiquísimos templos.

Pronto Livia logró desentrañar su laberíntica geografía y adentrarse en pasadizos donde las casas de ladrillos hubieran podido casi tocarse de una acera a la otra, se acostumbró a tomar cerveza tibia en alguna de sus tabernas antiguas, a recorrer el mercado Quincy y a probar sopa de cangrejo junto al mostrador, mientras los hombres hablaban en alta voz y le dirigían miradas curiosas.

Le costaba entender el idioma que se hablaba allí, los bostonianos deformaban las palabras que ella había estudiado con tanto esfuerzo, al punto de que casi no podía reconocerlas. Tampoco la comprendían a ella, y los rostros cordiales adoptaban expresiones conmiserativas al no poder descifrar su inglés aprendido en el Río de la Plata.

La pensión para señoritas donde se alojaba por recomendación de una de las tantas sociedades de Ayuda al Viajero quedaba en el North End, resabio de la vieja historia de los colonos. No bien descendió del tren, una trabajadora social le había entregado una tarjeta ofreciendo consejo y referencias para encontrar un sitio decente. A Livia le gustaba gozar de la independencia conquistada por las mujeres norteamericanas, que les permitía pasearse solas, sin acompañante masculino ni chaperonas.

Fuera de una mirada sagaz o una galante inclinación de cabeza a su paso, nadie osaba molestarla, si bien le habían aconsejado, y mucho, no aventurarse en la zona del puerto, ya que allí se cobijaban los de peor calaña. La gobernanta de la pensión le había sugerido introducirse en alguno de los círculos femeninos que abogaban por que las mujeres participaran en las mismas actividades que los hombres.

Era una dama enjuta vestida siempre como monja de clausura, dueña de una vitalidad y un espíritu tan vigorosos que Livia quedó encandilada con ella. Se palpaba en el aire una mezcla de rebeldía, anticipación y confianza en el futuro que tenía propiedades embriagadoras.

En aquella parte del país se luchaba, se pensaban cosas nuevas, se ponía manos a la obra, todo en uno. Livia entendió por qué Sarmiento había regresado de sus viajes a los Estados Unidos con el corazón palpitante de expectativa. Ella era muy pequeña la primera vez que escuchó hablar de él y no lo conoció sino mucho después, alejado ya de la presidencia de la Argentina. Se preguntó si existirían en la Nueva Inglaterra hombres así de apasionados, pues por lo que veía hasta el momento eran las mujeres las protagonistas del movimiento.

Elevar los niveles de la educación femenina era el lema que recibía a los visitantes sobre el dintel de la puerta de la Asociación de Ex Alumnas del Colegio de Boston. Sus integrantes, en su mayoría maestras, luchaban por la igualdad de su salario y en contra del supuesto de que el desarrollo intelectual inhabilitaba a las mujeres para la vida doméstica. A Livia se le escapaban algunas palabras y creyó que había entendido mal, pero cuando pidió aclaraciones se le contestó que, en efecto, muchos científicos de renombre sostenían tesis similares.

Salió de aquella reunión convulsionada por ideas contradictorias. Era inaudito, como bien lo había dicho la oradora con frases rimbombantes. Vino a su mente una enseñanza que Misely había sembrado en ella, entre tantas otras: Una convicción siempre latente en su interior se apoderó de su pecho en ese momento. Si Dios le permitía hacerse cargo de Cecilia, se ocuparía de dejar en la niña marcas tan hondas como las que Misely había obrado en ella.

Las clases comenzaron al cabo de dos semanas, una vez que Livia se impuso de los métodos que la escuela de sordos seguía para reeducar a los niños. Era evidente que la necesitaban, puesto que le permitieron ocuparse de Cecilia aun antes de finalizar la instrucción, y Ethel le aseguró que pensaban otorgarle un salario, sobre todo porque habían avisado al señor Robinson y él dijo que no repararan en gastos. Gracias a su cucu, se crió en el paraje de la laguna y conoció la escuelita que le cambió la vida.

De haber tenido la oportunidad, su abuela habría sido igual a la oradora de la asamblea. Livia le debía mucho. Se lo debía todo, tanto como a Misely su educación. Las manos delicadas palpaban la boca de Livia, en busca del anhelado sentido que se evadía a cada momento.

La joven las retuvo cuando la niña intentó renunciar y consiguió calmar su rabia con un murmullo que hizo vibrar su garganta. Ni tan dulce ni tan blanda como le habían asegurado. Necesitaría de toda su furia para salir del pozo de silencio donde la vida la había arrojado. La asistente vestía a la niña ciega con movimientos de autómata. Estaba claro que no consideraba que ése fuera su papel, y lo hacía a disgusto. La mujer se retiró, murmurando algo acerca de los extranjeros sin educación, y Livia quedó a solas con Cecilia para acicalarla.

La niña percibió el cambio y se quedó muy quieta. Dejó que esas manos firmes le abotonaran el vestido desde el cuello hasta la cintura. Livia concibió una idea. Puso un dedo de Cecilia en el primer botón y le hizo palpar con la otra mano su garganta mientras soltaba un sonido breve. Dos murmullos en el segundo botón, y así hasta llegar a cinco murmullos en el quinto botón. Repitió la acción y miró la expresión de la niña. Algo de lo que se le negaba estaba empezando a tomar forma en ella.

A partir de ese momento, Livia decidió improvisar. Aplicaba el método Tadoma tal como se lo habían enseñado: Aquello parecía divertir a Cecilia, era como una travesura que ambas cometían. El avance era lento, muy lento. No podía recordar nada de una vida anterior. Livia no se amilanó. Comenzó a llevar un diario donde anotaba los progresos, y si al cabo de la semana comprobaba que poco y nada se agregaba, daba vuelta a la hoja y anotaba: Cobró un pequeño salario después de un tiempo, y le aseguraron que en lo sucesivo percibiría su asignación en dos partes, al principio y al final de cada mes.

La mujer era inescrutable. Su eficiencia era absoluta, nunca perdía un detalle de nada ni se equivocaba con los datos que manipulaba. La frialdad de la declaración produjo un escalofrío en la joven. Me gustaría discutir con la señora Fuller este asunto. El atrevimiento logró sacudir la compostura de Ethel Cleveland, pero generaciones de colonos de Nueva Inglaterra fluían en su sangre como para que eso la desestabilizara.

Livia salió al pasillo desolada. No quería abandonar la instrucción de su alumna, y no sabía de qué modo romper las rígidas reglas de la escuela.

Era indudable que Sarah Fuller había aceptado la situación, pues Ethel era incapaz de mentir, su conducta siempre era intachable, por eso no veía de qué manera torcer aquella decisión o influir sobre el inescrupuloso padre, que no reparaba en gastos y a la vez mezquinaba la ayuda a su propia hija. Livia se sentó junto a la dama cisne, y su desconsuelo hizo que de un tirón le contara su conflicto. Anne guardó silencio unos momentos.

Si es poco, de nada vale que las discutamos. No creo que Cecilia se vaya para siempre, sin duda su padre sólo quiere llevarla de vacaciones. Sería retroceder a grandes pasos. Es poco lo que hemos avanzado. Ya los padres alcanzaban la desesperación. Fue por eso que buscaron ayuda, y Alejandro Graham Bell los envió al Instituto Perkins para ciegos, donde nos conocimos. Era un caso complicado. Livia escuchaba con atención, pendiente no sólo de los consejos de Anne, sino del significado de las palabras, pues lidiaba con su inglés como lo hacía con todo.

De todas maneras, el camino a recorrer es largo. Helen quiere hablar, y los padres dudan de que lo logre, temen que se frustre al intentarlo. Es otra batalla que debo librar. Y a su padre no le faltan recursos para educarla. Ignoramos todo sobre esa familia, hasta el motivo de su desgracia. Que debería usted pedir que la lleven con ellos de vacaciones.

Holland debutó con el seleccionado boricua en el Torneo Preolímpico de Argentina , luego de que su prima Cecilia sometiera toda la documentación en las oficinas del Baloncesto Superior Nacional BSN para inscribirlo en el sorteo de novatos de ese año. Para el Preolímpico, el escolta fue incluido como el jugador 12 del plantel ante una serie de bajas en el personal.

Su oportunidad de juego fue limitada. Apenas jugó 84 minutos en 10 partidos, promediando 4. No obstante, Holland ya daba muestras de su potencial.

Era sólido en la defensa y muy atlético. La Federación de Baloncesto local no le quitó el ojo y lo convocó el pasado año con miras al Repechaje Olímpico. Soy mejor después de estos dos años en Europa. Por su versatilidad, Holland ha sido utilizado como escolta y alero en los partidos de fogueo. Él no tiene preferencia de una posición. Hay muchos seguidores preguntando de dónde salió el explosivo jugador. Holland lo sabe y se reí.

No le presta mucha atención, aunque disfruta el momento. Cada vez que coge el balón, la gente piensa que va a donquearlo. Estamos bien orgullosos de él. No ha surgido ninguna invitación para los campamentos de veteranos de la NBA.

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La Federación de Baloncesto local no le quitó el ojo y lo convocó el pasado año con miras al Repechaje Olímpico. Soy mejor después de estos dos años en Europa. Por su versatilidad, Holland ha sido utilizado como escolta y alero en los partidos de fogueo. Él no tiene preferencia de una posición. Hay muchos seguidores preguntando de dónde salió el explosivo jugador. Holland lo sabe y se reí.

No le presta mucha atención, aunque disfruta el momento. Cada vez que coge el balón, la gente piensa que va a donquearlo. Estamos bien orgullosos de él. No ha surgido ninguna invitación para los campamentos de veteranos de la NBA. No hay nada seguro.

Cuando termine el torneo, miraré todas las opciones para elegir la mejor. Holland se graduó de la Universidad de Boston en el En el pasado verano le echó un ojo a la NBA, pero no surgió nada formal. Así que empacó maletas y se marchó a España. De sus genes viene el brinco salvaje de Holland. Miles de ideas lo acometieron después de desnudar sus sentimientos ante Livia, pero todo era impropio: El atardecer derramaba reflejos iridiscentes sobre la bahía. Se encontraban bajo una coqueta marquesina del Faneuil Hall que las protegía del viento y realzaba su elegancia en medio del movimiento del puerto.

Una de ellas era Livia. Templeton en cada ocasión en que la presentaba. Los puestos estaban ocupados por maestras también jóvenes con idénticas ansias de practicar sus enseñanzas.

Templeton de pronto, con aire decidido—. Hemos de intentarlo donde otros dudan en aceptar, ir a los lugares menos requeridos. La mencionada Allyn suspiró, acongojada. El pedido de Annie Peck, su querida Annie, le había caído como un presente griego en ese período de su vida.

Ella estaba gozando de su papel de abuela ya retirada de la docencia, y volver a la carga con la burocracia de los institutos le producía tirria.

Tenía un no sé qué de aventurera en sus rasgos, en la mirada firme, que le recordaba a la mismísima Annie. Lo malo era que no poseía las mismas credenciales familiares que su prima. Y el normalismo se había expandido como una ola por el país; no era novedad una mujer joven capacitada para dar clases a los niños o formar maestros. Luego, estaba el tema del idioma. Las señoras hablaban en forma pausada y con ademanes expresivos en deferencia hacia Livia, ya que sabían que el inglés no era su lengua original y que la joven lo había aprendido apenas unos meses antes, el mismo esfuerzo que hicieron las maestras que viajaron a la Argentina, sólo que en la óptica de las damas aquellas mujeres estaban mejor dotadas que Livia Cañumil.

Apenas descendió del vapor que la llevó a la ciudad de Nueva York y luego del tren que la depositó en Boston, comprendió que se había adentrado en un mundo que le sería ajeno siempre. Era bueno tener esa certeza, para no engañarse y desengañarse luego.

Se limitaría a observar, aprender y asimilar lo que viese. Podía captar la simpatía conmiserativa de la llamada Allyn, el fastidio velado de la señora Templeton, y hasta la rígida actitud de la señorita Rose, sentada a su derecha. La habían llevado como intérprete al principio de ese periplo, suponiendo que ella no sabría una palabra de inglés, y al ver que se las arreglaba un poco, la joven se sintió defraudada por no poder cumplir su papel.

La muchacha la miró como si un horrible insecto se hubiese posado en la nariz de su interlocutora. Tenía facciones toscas, que sabía disimular con sus bucles alrededor de la cara y el sombrerito inclinado sobre la frente. Sus ojos, pequeños y oscuros, taladraron los de Livia con malicia. El inglés sonaba extrañísimo en sus labios, como salido de una caverna invadida por el mar. Cada vez que Livia hablaba, y no lo hacía a menudo, provocaba esa conmoción en sus interlocutores.

La cara de Mrs. Templeton comenzó a cambiar de pronto, adquirió una blandura que no tenía, sus mofletes se tiñeron de rojo y su pecho se ensanchó bajo los volados de la blusa. La sonoridad hueca de las palabras de la recién llegada le recordó algo que se le había pasado por alto y sin embargo siempre estuvo ahí ante ellas, latente.

Las otras le dirigieron una mirada curiosa, y la dama no las hizo esperar para enterarlas de la decisión que, a su juicio, era la apropiada al caso. Es la solución ideal, aprende y a la vez colabora. Hace días que deambulamos sin sentido por toda la ciudad. Hemos visitado las escuelas de Boston y sus alrededores sin éxito. A decir verdad, tu prima podría habernos dado alguna pista para ir sobre seguro. Allyn Evans era una mujer menuda de aspecto dulce, una suerte de abuelita inofensiva, aunque sus ojos celestes y vivaces eran pícaros por momentos.

De nuevo las damas la contemplaron azoradas. Me contaron que aquí las mujeres luchan por el derecho a trabajar con el mismo sueldo que los hombres. Prefiero enseñar, pero si hay otro puesto aceptable para mí, lo tomaré. No hago gastos innecesarios, me arreglaré con poco. Allyn ahogó una sonrisa, la Templeton casi se atraganta con el resto de un bizcocho, y Rose contrajo los dedos en la taza de porcelana con fuerza suficiente para romperla.

El instituto para sordos introducía la técnica de la lectura de los labios, defendida por Horace Mann. Le pareció una buena señal que se dirigieran a una escuela para niños afectados por problemas que les impedían asistir a escuelas comunes, y que hubiera sido fundada y atendida por la familia Mann.

El carruaje que las llevó hacia la calle de Allston las dejó frente a una casa de grandes arcadas de piedra, ventanas alineadas y techos puntiagudos. Las condujeron, con la amabilidad que ya era proverbial en la ciudad, a un recinto que hacía las veces de secretaría y biblioteca, con paredes cubiertas por vitrinas, pupitres y escritorios. Ethel Cleveland asistía a la directora del instituto, Sarah Fuller, cuando ésta se hallaba ocupada como en aquel momento. Escuchó con suma atención las explicaciones de las damas y miró una sola vez a Livia mientras lo hacía.

Sus ojos claros, escudados tras unas gafas de delicado montaje, parecían horadar el significado de las palabras mismas. Al finalizar la señora Templeton su consabido alegato en favor de aquella maestra sudamericana, Ethel juntó las manos huesudas bajo su mentón y guardó silencio unos instantes.

Podía escucharse el péndulo del reloj de la pared en aquel silencio ensordecedor. La anciana señora Allyn miró con satisfacción a Livia y le pellizcó la mano con picardía. Su familia vive en Concord, y a pesar de que nuestra institución es una escuela de día, han decidido dejarla en pupilaje durante la semana, debido a que los caminos suelen empeorar durante los meses de otoño con las lluvias.

Hay otros alumnos y todos exigen mucha dedicación. Asumo que la señorita no ha enseñado antes a niños especiales. Livia recordó a sus compañeros de la escuela de la laguna. Todos podían calificarse de especiales por alguna razón. El pequeño Mario, por ejemplo, había sido un niño enfermizo que no hablaba casi, y ella tenía muy presente la firmeza y la dulzura con que Misely procuraba suplir sus constantes ausencias con clases reforzadas.

Livia se maravillaba de la limpieza y el orden que reinaban en cada rincón de la escuela. Un lugar así era ideal para aprender y enseñar. Se detuvieron en un salón de techos abovedados. Sillas dispuestas en semicírculo acogían a dos o tres alumnos cubiertos con un guardapolvo gris. Frente a ellos tres mujeres, una de ellas una niña que a Livia le pareció muy bonita, con sus bucles castaños sujetos por una cinta, un vestido rosa con puntillas, y una expresión dulce en el rostro.

Era llamativa la atención que prestaba a la mujer esbelta, con cuello de cisne, que llevaba prendido un camafeo y sus rizos recogidos en la coronilla. Aunque su rostro carecía del atractivo de las otras dos, una expresión amable lo suavizaba. Ethel hizo una seña para advertirles que no irrumpiesen en el cuarto hasta que fuera el momento propicio.

Livia aprovechó para observar. La niña tocaba con sus deditos los labios de la dama de negro ante la expectación de la mujer cisne, que inclinaba su cabeza para no perder detalle de la lección. A continuación, la dama obligó a la niña a tocar una muñeca que sentó en una silla vacía, lo que provocó sonrisas en la jovencita.

Después, tomó varios cartones con letras en relieve e indicó a la mujer cisne que los pusiese sobre la muñeca. Hecho esto, incitó a la niña a apoyar las palmas sobre los papeles y ella sonrió de nuevo. Ethel se adueñó de la situación. En tanto informaba a la directora de la escuela, Livia se dedicó a contemplar a la niña.

Al verla de cerca, notó que el ojo izquierdo sobresalía un poco, lo que arruinaba la armonía del rostro, y también pudo apreciar que la mujer cisne era corta de vista y recurría a unas gafas que llevaba en el bolsillo de su falda. Sarah Fuller saludó con simpatía a Livia y a las otras señoras, y les explicó lo que acababan de ver.

Sin su paciencia, estos logros no habrían sido posibles. Una condición indispensable para abordar estos desafíos, señorita Cañumil. Lo importante aquí es que puedan comunicarse con el mundo, salir de su aislamiento. Sarah Fuller les contó en un aparte que Helen no había nacido así, sino que sufrió altas fiebres cuando tenía sólo dieciocho meses, y que al remitir la enfermedad quedaron esas secuelas. Helen se tornó irascible y violenta al verse aislada, y si no hubiera sido por la firmeza de Anne, sería hoy un caso de rebeldía imposible de dominar.

La niña es dulce y blanda, y ha nacido ciega y sorda. Nada sabe del mundo, ni sus colores ni sus sonidos. Y su padre no ha juzgado necesario traerla hasta ahora, lo que me parece reprobable. Se ha perdido mucho tiempo. Es cierto que el señor Robinson sufrió un terrible trauma cuando murió su esposa, sin embargo…. Tiene una hermana menor, vivaracha y muy mimada por el padre.

Sospecho que la mayor ha sido un problema para todos y que no han sabido tratarla. Livia sintió inmediata simpatía por Cecilia Robinson, así como antipatía por el padre desconsiderado que puso en primer lugar su propio dolor antes que el de su hija. De seguro el señor Robinson sería un aristócrata desalmado que se avergonzaba de su primogénita. Al no poder presumir de ella, la abandonaba a su suerte hasta que ya no podía manejarla, y entonces la depositaba en el instituto para sordos.

Era alta, delgada, y el cabello del color del trigo suelto sobre la espalda. En su rostro, que conservaba la redondez de la infancia, dos preciosos ojos azules que no miraban a nadie, pero que tampoco revelaban la ceguera. Cecilia podía pasar por una jovencita soñadora que se distraía con facilidad. Venga, se la presentaré. Partieron, y la niña quedó en la habitación que no veía, con gente de la que ignoraba su presencia o sus intenciones. Sólo el toque leve sobre el hombro le indicó que no estaba sola.

Al dejarla allí, Livia sintió que la abandonaban por segunda vez. Aquel contacto leve la estremeció. Su piel se había vuelto tan sensible que podía predecir los cambios del aire a su alrededor.

El toque no era de nadie conocido. Añoraba las manitos pegajosas de Samanta y las de fuerte olor de la nana cuando la arropaba. Ellas se habían ido. Su mente era una tormenta desatada.

El zumbido que se acrecentaba cuando se ponía nerviosa la colmaba entera. Se tapó los oídos como si pudiera acallar lo que la turbaba.

La asistente la empujó con suavidad hacia su cuarto, donde pronto alguien se ocuparía de ella. Cecilia se frotó las manos de nuevo, buscando el rastro de ese contacto que le había sacudido el alma. Boston era una ciudad de elegantes calles arboladas y antiquísimos templos. Pronto Livia logró desentrañar su laberíntica geografía y adentrarse en pasadizos donde las casas de ladrillos hubieran podido casi tocarse de una acera a la otra, se acostumbró a tomar cerveza tibia en alguna de sus tabernas antiguas, a recorrer el mercado Quincy y a probar sopa de cangrejo junto al mostrador, mientras los hombres hablaban en alta voz y le dirigían miradas curiosas.

Le costaba entender el idioma que se hablaba allí, los bostonianos deformaban las palabras que ella había estudiado con tanto esfuerzo, al punto de que casi no podía reconocerlas. Tampoco la comprendían a ella, y los rostros cordiales adoptaban expresiones conmiserativas al no poder descifrar su inglés aprendido en el Río de la Plata. La pensión para señoritas donde se alojaba por recomendación de una de las tantas sociedades de Ayuda al Viajero quedaba en el North End, resabio de la vieja historia de los colonos.

No bien descendió del tren, una trabajadora social le había entregado una tarjeta ofreciendo consejo y referencias para encontrar un sitio decente. A Livia le gustaba gozar de la independencia conquistada por las mujeres norteamericanas, que les permitía pasearse solas, sin acompañante masculino ni chaperonas.

Fuera de una mirada sagaz o una galante inclinación de cabeza a su paso, nadie osaba molestarla, si bien le habían aconsejado, y mucho, no aventurarse en la zona del puerto, ya que allí se cobijaban los de peor calaña. La gobernanta de la pensión le había sugerido introducirse en alguno de los círculos femeninos que abogaban por que las mujeres participaran en las mismas actividades que los hombres.

Era una dama enjuta vestida siempre como monja de clausura, dueña de una vitalidad y un espíritu tan vigorosos que Livia quedó encandilada con ella. Se palpaba en el aire una mezcla de rebeldía, anticipación y confianza en el futuro que tenía propiedades embriagadoras. En aquella parte del país se luchaba, se pensaban cosas nuevas, se ponía manos a la obra, todo en uno. Livia entendió por qué Sarmiento había regresado de sus viajes a los Estados Unidos con el corazón palpitante de expectativa.

Ella era muy pequeña la primera vez que escuchó hablar de él y no lo conoció sino mucho después, alejado ya de la presidencia de la Argentina. Se preguntó si existirían en la Nueva Inglaterra hombres así de apasionados, pues por lo que veía hasta el momento eran las mujeres las protagonistas del movimiento.

Elevar los niveles de la educación femenina era el lema que recibía a los visitantes sobre el dintel de la puerta de la Asociación de Ex Alumnas del Colegio de Boston. Sus integrantes, en su mayoría maestras, luchaban por la igualdad de su salario y en contra del supuesto de que el desarrollo intelectual inhabilitaba a las mujeres para la vida doméstica.

A Livia se le escapaban algunas palabras y creyó que había entendido mal, pero cuando pidió aclaraciones se le contestó que, en efecto, muchos científicos de renombre sostenían tesis similares.

Salió de aquella reunión convulsionada por ideas contradictorias. Era inaudito, como bien lo había dicho la oradora con frases rimbombantes. Vino a su mente una enseñanza que Misely había sembrado en ella, entre tantas otras: Una convicción siempre latente en su interior se apoderó de su pecho en ese momento. Si Dios le permitía hacerse cargo de Cecilia, se ocuparía de dejar en la niña marcas tan hondas como las que Misely había obrado en ella.

Las clases comenzaron al cabo de dos semanas, una vez que Livia se impuso de los métodos que la escuela de sordos seguía para reeducar a los niños. Era evidente que la necesitaban, puesto que le permitieron ocuparse de Cecilia aun antes de finalizar la instrucción, y Ethel le aseguró que pensaban otorgarle un salario, sobre todo porque habían avisado al señor Robinson y él dijo que no repararan en gastos.

Gracias a su cucu, se crió en el paraje de la laguna y conoció la escuelita que le cambió la vida. De haber tenido la oportunidad, su abuela habría sido igual a la oradora de la asamblea.

Livia le debía mucho. Se lo debía todo, tanto como a Misely su educación. Las manos delicadas palpaban la boca de Livia, en busca del anhelado sentido que se evadía a cada momento. La joven las retuvo cuando la niña intentó renunciar y consiguió calmar su rabia con un murmullo que hizo vibrar su garganta.

Ni tan dulce ni tan blanda como le habían asegurado. Necesitaría de toda su furia para salir del pozo de silencio donde la vida la había arrojado. La asistente vestía a la niña ciega con movimientos de autómata. Estaba claro que no consideraba que ése fuera su papel, y lo hacía a disgusto.

La mujer se retiró, murmurando algo acerca de los extranjeros sin educación, y Livia quedó a solas con Cecilia para acicalarla. La niña percibió el cambio y se quedó muy quieta.

Dejó que esas manos firmes le abotonaran el vestido desde el cuello hasta la cintura. Livia concibió una idea. Puso un dedo de Cecilia en el primer botón y le hizo palpar con la otra mano su garganta mientras soltaba un sonido breve. Dos murmullos en el segundo botón, y así hasta llegar a cinco murmullos en el quinto botón.

Repitió la acción y miró la expresión de la niña. Algo de lo que se le negaba estaba empezando a tomar forma en ella.

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